lunes, 27 de agosto de 2012

El corazón sin miedo



 Monseñor Salvador Montes de Oca

Costó reconstruir sus restos pues fue salvajemente torturado y asesinado por los nazis. Este prelado venezolano, segundo obispo de Valencia, valiente defensor de la dignidad humana ante la tiranía, es testimonio y ejemplo para nuestros contemporáneos. Los laicos venezolanos debemos abrazar la causa de llevarlo a los altares y la periodista Marielena Mestas asume la iniciativa:

Monseñor Salvador Montes de Oca nació el 21 de octubre de 1895 en Carora,  edo. Lara. Sus padres, Andrés y Rosario, formaron  a cinco niños en un hogar humilde, regido por sólidos valores cristianos. Desde temprana edad Salvador se interesó por estudiar; fue cercano a familiares y amigos y colaboraba con sus padres cuidando rebaños de chivos pertenecientes a sus parientes. También vendía empanadas, dulces caseros y cambures pasados. A la par se desarrollaba en él una particular predilección por los asuntos de Dios, profesando un enorme amor por la Santísima Virgen.
Ordenado sacerdote el 14 de mayo de 1922, fue designado capellán  del Santuario de la Paz, director espiritual del Seminario y secretario del Obispado de Barquisimeto. Realizó una fructífera labor que también compartió con la dirección del periódico diocesano “El Embajador” y ejerció la docencia en el Colegio Federal de Barquisimeto, instituto dirigido por  su entrañable amigo, el reconocido jurista caroreño Juan Carmona. En una conocida anécdota, refiere el recordado Carmona que era tal el prestigio del padre Montes de Oca que muchas familias inscribieron a sus hijas en el aludido centro de enseñanza con gran confianza, pues iban a ser educadas por el joven prelado.
La circunstancia referida no es un hecho aislado; siempre recto y con un modo de ser muy afable y cercano, Salvador tenía un espíritu alegre y bondadoso, destacando su paciencia y profunda predilección por los más pequeños.


Con tan sólo 31 años, en el año 1927, fue consagrado Obispo de Valencia. Venezuela se encontraba bajo la tiranía del dictador general Juan Vicente Gómez. En su diócesis, Salvador defendió sus arraigadas convicciones en pro de la libertad y los derechos humanos, demostrando particular preocupación por la situación de los presos políticos confinados en el castillo curiosamente llamado “Libertador”, ubicado en Puerto Cabello. El prelado dedicó una solícita atención a los familiares de los presos políticos cuando, por miedo, muchos les dieron la espalda. Señalan quienes tuvieron el privilegio de conocerlo que cada tarde salía a visitar a su feligresía y, con extrema prudencia se enteraba de las necesidades de cada hogar y dejaba dinero a los niños. No lo entregaba a las madres para no apenarlas ni poner en evidencia una situación económica  precaria.

Ante las autoridades civiles locales manifestó recurrentemente su interés por visitar la citada fortaleza, pero esto le fue negado. Indica nuestro valiente poeta Andrés Eloy Blanco, quien fuera víctima de la férrea tiranía gomecista, que cuando Monseñor participaba en la llamada “fiesta  del mar”, (tradición que anualmente se efectúa en Puerto Cabello), bendecía las aguas con la mirada puesta en el castillo.
El día que Blanco fue puesto en libertad, junto al pequeño grupo de familiares congregado se hallaba Monseñor Montes de Oca, quien se había desplazado desde Valencia para abrazarlo y al mismo tiempo recordarle: “Ya estás libre del castillo, pero no de tus compromisos con la patria. No desmayes”. Este testimonio favorece conocer un poco más del corazón sin miedo de Salvador, un venezolano ejemplar, lamentablemente poco conocido.
Marielena Mestas Pérez
Licenciada en Letras, la Maestría y el doctorado en Historia. Además, profesora universitaria (UCAB)