domingo, 15 de septiembre de 2013

El milagro de Jhónatan



Estimada Silvia Rodriguez, viniste desde Caracas a esta tierra de gracia que es Barquisimeto, con tu corazón de madre deshecho por el sufrimiento de ver a tu hijo Jhonatan en una situación similar a la del hijo pródigo, lo trajiste a esta iglesia, era uno de esos casos que nuestra sociedad considera "perdidos", para quienes no hay esperanza. Hablamos, oramos juntos, lo recibí como a mi hermano, lo abracé como nos enseñó el Padre de la parábola de hoy, empezaste a traerlo a las misas de sanación y tu hijo empezó progresivamente a recuperar su dignidad, empezó a vivir, porque la muerte no es sólo la física sino también la espiritual. El dio junto contigo un testimonio público de su sanación, somos testigos de como llegó y como se fue liberando poco a poco. Ya en Caracas de nuevo, se ha reintegrado a la familia, a su casa...somos testigos de un milagro, el milagro del amor del Padre, a través de la iglesia

Hoy leo que escribiste en tu comentario de las lectura de hoy (Lucas 15,1-32) estas palabras;
"Porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida...!! hermosa parábola...!!Hoy día presenciamos en las misas de sanación , hijos que también han vuelto a la vida!! Gracias a Dios y a su misericordia.."

Quiero decirte que estas palabras, Silvia,me llegaron al corazón, sentí que me las decías a mí: "Porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida," así considero a Jhonatan, "mi hermano" y yo agrego: "Estaba perdido y lo hemos encontrado" Gracias a ti por tu persistente fe, esperanza y amor de madre, gracias por regalarme a tu hijo, a mi hermano Jhonatan, los recibo en esta familia de la Iglesia con el banquete del Cordero, y en el cielo con la fiesta de los que se alegran tanto por el regreso de la oveja perdida. Los amo en Cristo Jesús.


Lectura del santo Evangelio según san Lucas 15, 1-32

En aquel tiempo, se acercaban a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharlo; por lo cual los fariseos y los escribas murmuraban entre sí: “Este recibe a los pecadores y come con ellos”.

Jesús les dijo entonces esta parábola: “¿Quién de ustedes, si tiene cien ovejas y se le pierde una, no deja las noventa y nueve en el campo y va en busca de la que se le perdió hasta encontrarla? Y una vez que la encuentra, la carga sobre sus hombros, lleno de alegría, y al llegar a su casa, reúne a los amigos y vecinos y les dice: ‘Alégrense conmigo, porque ya encontré la oveja que se me había perdido’. Yo les aseguro que también en el cielo habrá más alegría por un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos, que no necesitan arrepentirse. ¿Y qué mujer hay, que si tiene diez monedas de plata y pierde una, no enciende luego una lámpara y barre la casa y la busca con cuidado hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, reúne a sus amigas y vecinas y les dice: ‘Alégrense conmigo, porque ya encontré la moneda que se me había perdido’. Yo les aseguro que así también se alegran los ángeles de Dios por un solo pecador que se arrepiente”. También les dijo esta parábola: “Un hombre tenía dos hijos, y el menor de ellos le dijo a su padre: ‘Padre, dame la parte que me toca de la herencia’. Y él les repartió los bienes.

No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, se fue a un país lejano y allá derrochó su fortuna, viviendo de una manera disoluta. Después de malgastarlo todo, sobrevino en aquella región una gran hambre y él empezó a pasar necesidad. Entonces fue a pedirle trabajo a un habitante de aquel país, el cual lo mandó a sus campos a cuidar cerdos. Tenía ganas de hartarse con las bellotas que comían los cerdos, pero no lo dejaban que se las comiera.

Se puso entonces a reflexionar y se dijo: ‘¡Cuántos trabajadores en casa de mi padre tienen pan de sobra, y yo, aquí, me estoy muriendo de hambre! Me levantaré, volveré a mi padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo. Recíbeme como a uno de tus trabajadores’.

Enseguida se puso en camino hacia la casa de su padre. Estaba todavía lejos, cuando su padre lo vio y se enterneció profundamente. Corrió hacia él, y echándole los brazos al cuello, lo cubrió de besos. El muchacho le dijo: ‘Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo’.

Pero el padre les dijo a sus criados: ‘¡Pronto!, traigan la túnica más rica y vístansela; pónganle un anillo en el dedo y sandalias en los pies; traigan el becerro gordo y mátenlo. Comamos y hagamos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado”. Y empezó el banquete. El hijo mayor estaba en el campo, y al volver, cuando se acercó a la casa, oyó la música y los cantos. Entonces llamó a uno de los criados y le preguntó qué pasaba. Este le contestó: ‘Tu hermano ha regresado, y tu padre mandó matar el becerro gordo, por haberlo recobrado sano y salvo’. El hermano mayor se enojó y no quería entrar. Salió entonces el padre y le rogó que entrara; pero él replicó: ‘¡Hace tanto tiempo que te sirvo, sin desobedecer jamás una orden tuya, y tú no me has dado nunca ni un cabrito para comérmelo con mis amigos! Pero eso sí, viene ese hijo tuyo, que despilfarró tus bienes con malas mujeres, y tú mandas matar el becerro gordo’.

El padre repuso: ‘Hijo, tú siempre estás conmigo y todo lo mío es tuyo. Pero era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado’”.