jueves, 5 de septiembre de 2013

Quiero besar tus pies

Los pies de una madre, lo mismo que su cuerpo, sus ojos y sus manos,
se desgastan de tanto trabajar para sus hijos.
Nadie puede decir que no luchaste,
nadie puede decir que no sufriste,
nadie puede decir que no subiste montañas,
que no cruzaste caminos,
que no marchaste cansada a cualquier hora,
procurando un trozo de pan para tus hijos,
hijos que no pariste pero al fin... hijos,
sin distingo de razas, pero pobres de apellido.
Nadie puede decir que no anduviste, buscando a cualquier hora,
una medicina urgente para el anciano herido,
un manto suficientemente cálido para el niño desnudo que temblaba de frío,
con zapatos incómodos o con sandalias raídas
tropezando con piedras,
pisando basurales,
buscando entre los muertos, rastros de gente viva,
corazones latentes y miradas perdidas.
Tus pies descalzos, deformes por la vida
de entrega sin descanso,
de golpes y caídas,
son el mejor testimonio
para los que critican.
Solamente una madre entrega tanto,
hasta que el cuerpo no da más,
hasta perder la vista, la fuerza, las destrezas,
con su cara surcada por los años,
con sus pies extrañamente hermosos,
por el amor de tantas idas y venidas.
Quiero besar tus manos arrugadas,
como beso las manos de la madre mía,
quiero besar tus pies Teresa
a ver si se me quita un poco lo cobarde
y me entrego sin miedo
por amor a la vida.
Padre Chulalo